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martes, 21 de julio de 2009

Crónicas de un cerebro enfermo X.








17 de mayo de 2008.

Queridos amigos:

Ha sido un poco larga mi ausencia. Tan larga como la longaniza que les escribo ahora. He estado trabajando en diferentes canales a la vez, lo cual es algo difícil cuando se está un poco chalada de la cabeza. Las preparaciones de las graduaciones de mis dos hijos, Danilo y Carla, tuvieron prioridad entre abril y mayo. Aunque me siento mucho mejor, quería asegurarme de que todos sus ropajes estaban listos con anticipación. Si tuviera que andar de hospitales por alguna emergencia, Jaime probablemente sufriría un infarto de tener que ocuparse solo de la compra de la vestimenta de Carla (sin comentarios). Danilo no es un problema porque, como le ha dado con ir contra el “establishment”, decidió que no se pone un “tuxedo” para el “prom” ni aunque le paguen (para pingüinos ya es suficiente con la película de Batman y las de Disney). Le comunicó lo más feliz a sus maestros que él se iba a poner el mismo gabán negro que había empleado como vestimenta formal cuando fungió el verano pasado de congresista de embuste en Washington DC. Si fue suficiente para el Congreso, que se lo aguante el Hotel San Juan. Para algo sirvió el embeleco aquel del verano pasado: Danilo hace lo que le viene en gana y también se registrará para votar por Obama ahora que quizás Puerto Rico cuente en las primarias.

Volviendo al tema, no había visto nunca tanto embeleco escolar: ceremonias de premiación de deportistas, de premiación académica, “class day”, “senior prom”, “baccalaurete” (llamado por los estudiantes “el bacalao”, por aquello de reírse un poco de tanta ceremonia) y por último, las graduaciones. Pareciera que las escuelas, en solidaridad con la mala economía de Puerto Rico y Estados Unidos, hubiesen decidido que había que estimular la compra y venta local para ayudar a salir rápidamente de la recesión. Con todo y eso, me llamó la atención que las tiendas no estuvieran tan atestadas como de costumbre, aún cuando fui de compras unas dos semanas antes del susodicho Día de las Madres, cuando aquello de “porque madre es una sola y a ti, te encontré en la calle”, produce un arrebato generalizado de mater(ialidad) comercial.

Debo confesarles que no me llevo demasiado bien con las graduaciones y por lo tanto, encuentro siempre una excusa para olvidarlas, aún antes de tener problemas de memoria y no tuviera ningún tumor cerebral. Asistí a la de la Escuela Superior por varias razones: me tocó escribir el libreto, y también diseñar la vestimenta de todas las piruetas que tuvimos que hacer recitando, bailando, actuando, etc. Todavía algunas compañeras de clase no me perdonan haberlas hecho usar los trajecitos aquellos y peor aún, haber recitado descalzas en el entonces muy acreditado y super bótate “Centro de Convenciones”, ahora demolido para darle paso a una ventana al mar. Yo casi lo demolí 29 años antes, pero por otras razones: aquello de graduarse en un lugar frente al mar donde no había ni una ventanita para verlo, y aguantando el calor imposible de una toga de tafeta y un birrete, era claustrofóbico. Qué horror arquitectónico! No lo echaremos de menos. No sé como a Rubén Blades, Willie Colón, El Gran Combo, La Sonora Ponceña y Wilfredo Vargas y sus Beduinos (las orquestas de nuestro Prom), no se les ocurrió alborotar todos a la vez a ver si, milagrosamente, se caían las paredes de aquel oscuro pasadizo, tal como hicieron los israelitas cuando derrumbaron los muros de Jericó a trompetazo limpio.

De las graduaciones universitarias, poco puedo acordarme y no porque la lectura hubiese calentado mi cerebro. A la de la UPR no fui por no desfilar con mis compañeros de Ciencias Naturales, donde sólo bien pocos gatos éramos huelguistas y nos había tocado la labor diaria de llenar los salones de “peos químicos” (sí, para algo sirvió estudiar química y matemáticas) para que los estudiantes no se quedaran en los salones. Con todo y eso, se quedaban en las clases oliendo peos (para los amigos españoles y chilenos, “pedos”). No me arrepiento, la mayoría son médicos y deben estar agradecidos de haberse acostumbrado a los malos olores sin poner malas caras ni decir “fo”.

A la graduación de doctorado de SUNY-Stony Brook no fui porque acabando de defender la tesis (parí el último capítulo de la tesis y a Danilo simultáneamente), me fui en el mismo avión con Rafael Acevedo a Puerto Rico con el propósito de enseñarle el bebé a la familia. Rafa hizo la tesis con mi marido Jaime y la defendió el mismo día que yo. Había vestido al nene de “poeta”, con un “turtle neck”negro y un “jardinerito” de lo más elegante. Durante la defensa, le tocó a Jaime y a Rafa la difícil tarea de cambiarle el pañal al niño porque, obviamente, yo no podía entrar con la criaturita a la defensa. Al terminar, encontré a Danilo con el pecherín en la espalda, una cruz en el pecho y un olorcito que ni les cuento. Me cambiaron al poeta por un “cruzado”. Quién sabe si ellos fueron la causa de que Danilo viva todavía en la Edad Media y, además, ande con una cruz en el pecho, cosa que no recuerdo en ningún miembro de la familia.

Demás está decirles que una vez en Puerto Rico, se me olvidó que tenía graduación y me quedé lo más feliz de playa en playa y “visitando altares” para mostrar a aquel niño que hubiese podido parecer, al menos, poeta, si Jaime Giordano y Rafael Acevedo hubiesen tenido alguna idea de la difícil vestimenta de un bebé. Menos mal que no lo llevé ese día con la vestimenta de jinete, porque le hubiesen puesto los pantalones de camisa de mangas largas. Como pueden imaginar, esos eran los días en que una podía disfrazar al pobre niño. Ahora ni se deja poner el disfraz de pingüino, aunque se lo pida el rector de la escuela.

Tampoco asistí a la graduación del doctorado de Columbia. Jaime me había comprado el esperpento aquel pero, una vez más, el color azul de aquella toga en pleno junio, me llevó directamente a la playa, olvidando que debía ir a cocinarme de calor en Nueva York, donde las graduaciones las hacen al aire libre, entre la vieja y la nueva biblioteca, cuyo edificio de reminiscencias grecolatinas posee un friso con los nombres de Sócrates, Platón, Esquilo, etc, y las graduandas tienen siempre que treparse un día antes a añadir unos pancartas con los nombres de Marie de France, María de Zayas, Sor Juana Inés de la Cruz, para recordarle al mundo que las intelectuales existen. Además de que me encontraba en Puerto Rico (enseñando a Marie de France, Zayas y Sor Juana, precisamente), el sólo pensar que la traviesa de Carla se me fuera a trepar también en aquel Partenón bibliotecario para colgarse peligrosamente del pancarta en pleno friso, me paraba los pelos de puntas. Quienes conocieron a Carla en esos años, se acordarán de su inclinación a treparse por todas partes. Hasta en las clases de “Adanza”, donde había un letrero que decía que las madres debían dejar a las niñas solas en la clase, me pidieron a mí que asistiera porque la niña caminaba por encima del preciso lugar donde debía sujetarse para realizar sus movimientos de bailarina. Duró tres meses en las clases de danza porque no pude más con tanto susto. Creo que aquella maestra vio el cielo abierto… Carla no dejó sus costumbres. Por si no lo sabían, la nena de Beatriz Sotomayor dio su primera pirueta de gimnasta en los pasamanos de las escaleras de El Monte Sur, cuando ella vino a traerme su tesis sobre Olivia Sabuco (fui lectora de la defensa). Por poco nos morimos de susto. Beatriz tuvo la intuición de que su niña debía estudiar gimnasia. Yo agarré a Carla por el brazo y la llevé al apartamento de inmediato, donde Danilo me sugirió que en lugar de andar escondiendo las cosas para que Carla no anduviera trepándose, quizás debíamos dejarla que viviera trepada de árbol en árbol como los monos. Debido a que mi familia tiende a ser muy alta, lo de la gimnasia no era una opción posible. Con dos piernas y dos brazos rotos (la última vez utilizando la máquina elíptica de Gold Gym con los brazos para abajo y los pies para arriba), Carla dejó eventualmente su interés por las alturas y las brincaderas. Ahora que se gradúa de sexto grado, está de lo más juiciosa y sólo salta para tratar de encestar una pelota muy de vez en cuando en un partido de baloncesto (encestó diez veces para un total de 20 puntos). Menos mal que hay otras niñas más brincotonas y pudieron llegar primeras en el torneo de Baldwin, segundas en el torneo de Weslian y el de Robinson y terceras en todos los colegios. Pude asistir sólo a dos partidos para evitar el alboroto y el cansancio. Le tocó a Jaime andar de un lado para otro.

Ahora me toca asistir a las graduaciones de estos niños traviesos y no puedo poner la excusa de que me da mucho calor y mejor me voy a la playa. No debo tomar mucho sol por la quimo y la cicatriz de la cabeza, que cada vez se nota menos. Espero que ninguna actividad dure más de dos horas porque todavía me canso con cierta facilidad. He estado muy bien de salud. Este mes he podido incluso asistir al gimnasio durante la quimo. Sin embargo, he estado con algunos problemas de memoria: se me volvieron a olvidar algunas palabras. Esta vez, sin embargo, no sé si esto es producto de la quimioterapia o de un circuito cerebral causado por el colmo de tanto embeleco de graduación. Menos mal, Danilo entra este año a la UPR-Río Piedras. Se va en junio y julio a Toledo (España) a reconectarse con el castellano sin poder hablar una sola palabra de inglés. Pensaba irse a estudiar a Estados Unidos, pero justo este año se anunció un nuevo programa de arqueología dentro del bachillerato en antropología, de modo que ya no tiene ninguna razón para no hacer el bachillerato en PR. Como parte de este programa, tendrá que irse de intercambio en su tercer año. Se puede ir a dos de las universidades americanas que lo aceptaron, sólo que pagando lo que se paga en PR; es decir, prácticamente nada. Como ven, gracias a Dios, todo ha salido mucho mejor de lo que hubiésemos imaginado.

El 26 de mayo tengo mi primer MRI (después de la operación y tratamiento de quimo) en Auxilio Mutuo. Cancelé mi cita de mayo en MD Anderson (Houston, Texas) para no perderme los embelecos de mis hijos. Confío en que todo salga bien para poder seguir el mismo protocolo de tratamiento en PR hasta diciembre, cuando sí espero volver a Texas a realizar una inmensa batería de exámenes de todo tipo. Es probable que vuelva a la UPR en agosto. Será mi propio examen cognoscitivo antes de que me examinen en Texas.

Para terminar esta longaniza, anoche despertamos a las 2:00 AM con un ruido atronador causado por un accidente de auto. Un joven borracho que iba volando, al percatarse de que un badén podía fastidiarle las llantas, frenó de repente e impactó mi Nissan (el que usa Jaime) y tres autos más. Casi me muero de risa cuando vi el auto hecho torta. Tres de los autos son pérdida total, incluyendo el mío. Curiosamente, cuatro patrullas de policías aparecieron de inmediato, todos los dueños despertamos con el ruido y bajamos de inmediato, el joven borracho estaba muerto de susto dentro de la patrulla y los dueños de los autos chocados estábamos de lo más tranquilos; yo porque de todos modos no puedo manejar en dos años y con un solo auto es suficiente. Me parece que los otros tres dueños también estaban locos por salir de un auto cuando la gasolina está tan baratita y no mucha gente que compre carros usados va a comprarlos en lo que valen. De modo que aquello era casi celebración.

El borracho estaba vivo, el seguro tendrá que deshacerse de la chatarra, porque lo que quedó está imposible, y la loquita de Carla estaba inventando irse a España con el dinero que nos dé el seguro. Me eché a reír y empecé a dictarle datos para que ella hiciera los cálculos. La última vez (2004) nos salió el viaje en $14,000. Un Nissan nuevo vale más o menos eso mismo. Este Nissan no era nuevo, tenía 33,000 millas y tenía 8 años. La nena hizo la matemática y salió del embeleco de inmediato. Podemos, querida hija, comprar muchos litros de helado Häagen Dazs en lugar de gasolina. Es una buena idea para contribuir a salir rápidamente de la recesión eliminando tanto carro demás y gasto excesivo de gasolina. Qué inteligencia la de este borracho. Ojalá le quiten la licencia, no sea que mate a nadie en otra ocasión. Por lo demás, serán cuatro autos menos frente a la Avenida Hostos. Los árboles y la acera se ven más bonitos sin tanto auto enfrente, pero tengo un poquito de miedo de andar por ahí, al menos los viernes en la noche.

Como ven, todo va mejor que nunca en el mejor de los mundos posibles!

Saludos a todos,

CR3 (No soy Cándida, qué va…)

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