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martes, 21 de julio de 2009

Crónicas de un cerebro enfermo VIII.

18 de marzo de 2008

Como ya saben, llegué a PR el viernes 28 de febrero a las 10:50 PM. Cuando el Dr. Levin me dijo que la patología podía estar lista para el 4 de marzo o incluso una semana más tarde, pensé: ¿tan largo me lo fiáis? No se lo dije porque él no sabía español y mi inglés no ha llegado nunca a tanto. Le pedí que me enviara los resultados por correo porque me urgía regresar a casa.

Los amigos, los restaurantes (el francés, el árabe y el turco) nos habían tratado muy bien, pero Jaime cumplía años el 3 de marzo (71) y tanto Rose Marie como yo estábamos necesitando ver también a los niños, o más bien manganzones. Qué les puedo decir, el amor es masoquista. No podíamos esperar, pero necesitábamos comprarles algunos regalitos antes de volver a PR. Ahora que ya no parecía marciana, aunque con cierto trasunto de la novia de Frankenstein, tuve la osadía de meterme a las tiendas sin temor de que sonaran todas las alarmas. Y como se atrevieran todos a mirarme esta vez, pagarían el atrevimiento con el soberano susto que pensaba pegarles. Total, se me olvidó al poco tiempo mi extraña apariencia, y como tengo un ego saludable, cada vez que me miraban, me creía que estaba de lo más bella.

El jueves Sonia nos llevó a algunas tiendas, entre ellas Marshall. Cuando pensaba llevarnos a Target, era hora de que la niña almorzara y ella insistía en que podía darle de comer en la guagua mientras nosotras patiperreábamos en la tienda. Quienes me conocen sabrán que lo de las tiendas no es para tanto y como ambas vivimos en apartamentos, si seguíamos llevando regalos, no habría espacio para cocinar, almorzar o sentarse en lugar alguno. Le dijimos a Sonia que mejor le diera almuerzo a la niña en la casa y yo, de paso, diz que por la niña, podía tomar una siesta de esas que uno cree chochera de viejos hasta que las necesita.

El Dr. Levin llamó justo minutos después de entrar a la casa, no llegué a pegar ni un párpado, para decirnos que definitivamente yo era una mujer con mucha suerte porque en primer lugar, nunca tienen lista tal patología en tan poco tiempo, y en segundo lugar, el tumor no era el que se creía en PR, sino otro para el cual no necesitaría radioterapia porque es el único de los tres gliomas que según se ha descubierto en los últimos dos o tres años, funciona muy bien con la quimioterapia. Para mí era un alivio no tener radioterapia porque es un excelente tratamiento en otras partes del cuerpo pero en el cerebro, según me advirtieron en PR, era probable que me pudiera dañar la pituitaria, la vista y la audición.

Estos radiólogos sí que son bien tétricos. Pudieron haberme dicho al menos un embuste. Menuda cosa… Por más que me hubiese divertido el Lazarillo, no me hacía gracia alguna que me fueran a estrellar contra el toro aquel del río Tormes, por allí donde viven mis amigas Merce y Kakun. Ya me imaginaba a mi amigo Daniel Torres aprovechándose para hacerme alguna maldad porque nunca me perdonó que cuando andaba a lo Gracilazo frente al Río Tajo, en Toledo, se le ocurriera decirme de lo más inspirado lo maravillosa que era la blanca nieve de las “corrientes aguas, puras, cristalinas”. Por más que me gustara la égloga aquella, como estudiante de química que era entonces, tuve que decir la verdad: “Mira Daniel querido, te puedo asegurar que eso no es nieve, ni nada cristalino, sino ácido sulfúrico y pura mierda”. Daniel se puso los lentes, miró detenidamente y después empezó a quejarse de mi soberana boqueta y habladuría demás; como si la mierda toledana, producto de los grandes avances de la modernidad, y no de mi mala leche, fueran los verdaderos culpables de haberlo estrellado de su esfera poética. Ese sería seguramente uno de mis lazarillos la próxima vez que visitara a Merce y Kakun en aquel lugar donde hasta se estrelló Calisto. Por suerte no me quedaré sorda y ciega y además, me he reivindicado: no hay que andar por ahí diciendo verdades aterradoras ni malos presagios para quitarle la fiesta a nadie.

Tanta chuchería terminamos comprando en Texas, que teníamos maletas demás y, por supuesto, a menos de una semana recién operada, no podía cargar ni mi propia cartera. Por suerte, MD Anderson se había contactado con Continental para que me llevaran en silla de ruedas hasta el “front desk”, en carrito hasta el “gate” y otra silla de ruedas hasta el avión. Lo de las sillitas fue providencial porque mi maleta pesaba demás y Sonia y Rose Marie tuvieron que sacar cosas de mi maleta para ponerlas en la mochila que llevábamos en el avión. Nada, que allí vio todo el mundo cuanta porquería llevaba yo en la dichosa maleta: desde mis batas matapasión (peor que las de Fernanda del Carpio, pero por su utilidad para evitar el frío y cualquier tentación, envidiada por todas las compañeras de cuarto de San Juan de la Penitencia, Stage XVI y también mi amiga Alicia en Pittsburgh), hasta ciertas otras prendas que ni Victoria querría guardar el secreto y que según Carla y Danilo, sólo están disponibles en tiendas de paracaídas. Yo no dije nada, a las gafas negras que llevaba puestas, decidí añadir manos y pies tullidos, empecé a mover la cabeza de un lado para otro, como casi todos los demás recién operados de MD Anderson, y me hice la que no iba la cosa: que pensaran que tales esperpentos eran inventos de Sonia y Rose Marie.

Al llegar a PR me trajeron en silla de ruedas y contratamos a un maletero, pero pude dejar la apariencia de tullida, sorda y muda, porque durante el viaje planeamos inteligentemente que debíamos sacar mis horripilantes pertenencias dentro del carro, donde sólo nuestros cuatro manganzones podían tentarse de la risa. ¡Nada mejor que estar de vuelta a casa!

Poco después de haber llegado de Texas, y todavía medio chalada de la cabeza y olvidadiza, al verme tan derechita, nada tullida, ni sorda ni muda, el padre Darío me propuso presentarle su poemario: “Perseguido por la luz”, el viernes 14 de marzo. En ese momento sí que me dio la garrotera, como decía el Chavo del Ocho cada vez que se ponía a hablar demás y justo entraba el Profesor Jirafales y lo escuchaba todo. Y lo peor del caso era que Lidia, mi amiga de Pittsburg que ahora vive en Texas, y Rose Marie, tardaron al menos dos días para que yo me aprendiera tal nombre (Jirafa), sólo para que tal verborrea mexicana me metiera en un lío peor: presentar un poemario, cuando no recuerdo muchas cosas y apenas hacía dos semanas, cuando me preguntaron las sicólogas aquellas en qué se parecían una mosca y un árbol, lo único que se me ocurrió fue que no podían vivir sin mierda, y cuando me preguntaron en qué se parece un poema y una estatua, la única chorrada que se me ocurrió fue decir: mire, ambas son expresiones de arte, pero léase mejor a Pushkin que ahora mismo no me acuerdo de qué iba la invención aquella.

Bueno, menos mal que el padre Darío me dijo que no pondría mi nombre en la invitación por si no fuera posible. Eso me quitó un poco tal susto. Jaime me prestó unos lentes que usaba cuando tenía 47, a los que llegaré yo en junio, porque no podríamos ver al oftalmólogo hasta después de la presentación. Pude leer el poema tres veces, pero todavía se me hacía difícil escribir nada presentable. Volví a leer el libro dos veces más y lo hubiese leído más veces si no fuera que tenía mi primera cita médica el martes 11 de marzo con el Dr. Pavía (mi oncólogo de Auxilio).

No pude hacer una sexta lectura porque parece que yo debo ser la única paciente de cáncer de Auxilio que no tolera estar al frente de una mala telenovela con anuncios alborotosos, además de una música de fondo igualmente espantosa. Cuando le pedí al enfermero que se decidiera por apagar al menos uno de los dos estruendos, me dijo que él debía complacer a la mayoría y yo era la única que se había quejado jamás. No pude creerlo. El día aquel que Rose Marie y yo no pudimos salir a comer a un restaurante por temor a que mi cabeza de marciana creara campos magnéticos peligrosos cuando habían anunciado tormenta de rayos y posibilidad de tornados, hasta el bartender del hotel de Houston había tenido más delicadeza. El bar estaba lleno de motociclistas mirando “Nascar” en una pantalla gigante. Cuando Rose Marie les pidió que cambiaran el canal a PBS, lo hicieron de inmediato, quizás por temor a que yo empezara a tirar rayos allí mismito. Los tornados son peligrosísimos en Texas y Rose Marie les hizo creer sin lugar a dudas, la historia aquella de que yo no era marciana sino bruja, de las que se llevó volando a Doroti y por poco no regresa a Kansas.

Estos enfermos del Auxilio, por lo visto, tienen una inteligencia muy superior a la de aquellos motociclistas de aquel bar tejano: pueden mirar la telenovela, escuchar anuncios de Minga y Petraca, de la Comay o el zazón Goya, hablar a toda boqueta por el celular, unos contando lo que están viendo por la tele y otros lo que escuchan por la radio, y gracias a la falta de lectura de absolutamente ningún tipo, a ninguno le ha salido ni un solo chichoncito en el cerebro. Apuesto que si hubiese sido el caso, los médicos no los habrían mandado a MD Anderson, sino que les habrían extirpado el pedazo sin pena ni gloria por solo deshacerse de semejante alboroto.

Aunque no podía leer el poemario por sexta vez en tal gallinero, el sólo contrariar tan singular expresión visual y lingüística, me dieron unas ganas tremendas de escribir aquella presentación poética, que no podría salirme peor que nada de lo que había visto o escuchado entre mis queridos compañeros del cáncer.

El Dr. Pavía, pariente lejano, me advirtió que las pastillas que me había prescrito el Dr. Levin como parte del protocolo de quimioterapia eran carísimas y que él todavía no conocía a nadie a quien un plan médico le hubiese aprobado esa prescripción en Puerto Rico. Jaime me miró algo tristón, esperándose seguramente otro viaje a la Cruz Azul. Yo le dije al médico: pues será la primera vez, pero esta prescripción a mí sí me la aprueban y de paso, tal como esta oficina está tan tranquila y sosegada, ¿no podrían hacer lo mismo en el salón de espera? Me dijo que ganas no le faltarían, pero no podía hacerlo porque los pacientes se morirían después de unas cuantas convulsiones y pataletas.
Nos tocó ir a 4 farmacias. Todavía no se les ha ocurrido tener una computadora para que uno sepa primero si tienen disponibles las prescripciones. De modo que cada vez esperábamos por dos horas para que nos dijeran la misma historia: “nosotros no vendemos esas pastillas, son excesivamente caras y los planes no las aceptan; aquí los pacientes toman por lo general una quimioterapia intravenosa en el hospital y ahora se toman unas pastillas para evitar vomitar todos los días”.

Bueno, como al menos en las farmacias no había teles ni radio, pude pensar en qué iba a escribir para la presentación. En la cuarta farmacia (Walgreen de Condado), después de esperar dos horas más, me dijeron que sólo me podían traer las pastillas al día siguiente pero por lo general no eran aprobadas por los planes médicos y la gente las tiene que pagar por su propia cuenta: $6,300 al mes (contando la quimio y el antivomitivo). Habría que pagar esa cantidad por doce meses, tremendo baratillo por matar unas cuantas celulitas cancerosas si tomamos en cuenta que eso lo gastan algunas doñas halándose las patas de gallina, cortándose un canto de cuello, inyectándose botox en frente y labios, y todo lo que hiciera falta para terminar pareciéndose más al temible Guazón. Mire señor farmacéutico, le dije, se ocupa usted de llamar a mi plan médico mañana tempranito, porque esto a mí me lo aprueban de seguro y no hay que andar por ahí tan descreído y dando tan malas noticias, que eso es cuestión de prensa amarilla y programas sensacionalistas.

Al llegar a casa, alrededor de las 6:00 PM, estaba tan cansada que decidí acostarme a dormir. Mañana será otro día: me levanto temprano, escribo la presentación y sólo cuando la halla terminado y Jaime esté listo para buscar a los niños a Robinson, llamaré a la farmacia. El miércoles 12 de marzo, antes de llamar al farmacéutico, le mandé un correo al padre Darío, anunciándole que había podido escribir por fin la presentación, con font número 25 para poder leerla. Llamé luego al farmacéutico, quien me dijo algo sorprendido: usted, señora, tiene mucha suerte, le aprobaron las prescripciones. Lo sabía, uno se muere cuando Dios quiera y bien fácilmente me habría podido morir ya varias veces. Jaime fue a buscar la medicina mientras Carla Jugaba baloncesto librando la primera coca de esta temporada al encestar dos puntos contra el equipo de Perpetuo Socorro. Encestó por segunda vez en el torneo de Boldwin y salieron campeonas por 19 puntos. No puedo asistir a sus juegos de baloncesto. Traté una vez antes de comenzar la quimio y no aguanté el alboroto que hacen los papás cada vez que quieren evitar que el otro equipo enceste cuando incurren en alguna falta personal. Carla tendrá que esperar hasta el próximo año.

Tomo la quimioterapia por 7 días cada 28. Lo mejor es poder hacerlo en casa sin Comay, Minga, Petraca, el Gordo, la Flaca o embeleco semejante alguno. El segundo día (14 de marzo) hice la presentación del poemario del padre Darío. Me quedé todo el día en casa porque sólo puedo hacer una cosa a la vez para no cansarme demasiado. Me alegró ver a Mayra, a Moisés a Dorian, a Luce, a Arturo, a Lilliana y a tanta gente con la que pude conversar tan plácida y tranquilamente. Este es mi séptimo día del primer mes de quimioterapia. He tardado siete días escribiendo esta carta. Cada mes, podré recuperar un poco más de fuerza, lenguaje y memoria. Sólo envío tres oracioncitas a mis amigos anglófonos porque por el momento sería agotador traducir mi experiencia boricua al inglés. Un solo día a la vez, pasito a pasito, un solo día a la vez.

CR3

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