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martes, 21 de julio de 2009

Crónicas de un cerebro enfermo V.

12 de febrero de 2008

El lunes 11 de febrero tuve mi primera consulta con el neurólogo, Dr. Victor Lvin. Antes de ver al doctor, la enfermera especializada, Tara Alexander, me hizo el primer examen cognoscitivo, el cual volvió a repetir el doctor, supongo que para comparar resultados antes de llegar a conclusiones. Me pusieron a deletrear (en inglés) palabras al derecho y al revés para determinar si el tumor había afectado mi capacidad para procesar el lenguaje. Para mí que no hubiese salido bien en este examen de no haber tomado una clase de árabe en Columbia, donde apenas aprendí el alfabeto, a escribir fluidamente al revés y a decir una que otra oración en “árabe clásico”, con lo cual me hubiese muerto de hambre en cualquier país del Medio Oriente. Mi conclusión: árabes o judíos-americanos tienen menos probabilidad de sufrir daños cognoscitivos de lenguaje. Los que son totalmente monolingües tienen mayor riesgo de ser diagnosticados con daño cerebral grave. Con el apellido que tenía mi doctor, empecé inmediatamente a sospechar de “reverse discrimination”.

Luego, me hicieron repetir como un loro combinaciones de palabras “difíciles de pronunciar” en caso de daño cerebral. Me acordé de las cotorras que sistemáticamente se posan en las ramas del árbol que da a la ventana de mi salón de clases (SGG 206) y que repiten cuanta cosa oyen y me mortifican repitiendo los sonetos de Petrarca con sus voces chillonas. No tuve ningún problema, excepto que cuando tuve que repetir “Methodist Presbiterian”, le advertí al Dr. Levin que tal combinación no tenía demasiado sentido, a menos que fuera miembro de la Union Church of San Juan. El doctor me advirtió que debía repetir sin analizar. Pensé que quizás me estaban entrevistando para darme un puesto de “anchor woman” en la televisión, porque con el menso tumor que tengo, en la cabeza no me cabía la idea de hablar, repetir palabras, sin analizar. A estas alturas, todo me estaba pareciendo algo sospechoso.

Fue entonces cuando me advirtieron con la mayor solemnidad que el próximo examen no era tan importante porque la gente que como yo, se especializa en el campo de las humanidades, generalmente no sale bien aunque no hayan sufrido daño cerebral alguno. Debía restar el 7 hacia atrás partiendo del 100. No podía entender la utilidad de tal proceso, a menos que alguien estuviese perennemente condenado a solamente poder gastar 7 dólares cada vez que fuera de compras, sin contar que ya casi nada cuesta 7 dólares, sin contar que el IVU vino a dañar cualquier cifra redonda. Estaba determinada a solidarizarme con todos los demás humanistas y negarme a hacer tal ejercicio, cuando mi amiga Rose Marie abrió la bocota y dijo: “ella también estudió matemáticas”. Bueno, pasé también este examen. Me dijo entonces el doctor que no exhibía ningún tipo de daño de los que típicamente padece una persona con este tipo de tumor. Pensé entonces que quizás mi tumor sería imaginario, pero me sacó de tal idea el Dr. Levin anunciándome que en MD Anderson podían extirpar este tipo de tumor, sólo que necesitaban de mi cooperación durante la cirugía. Aquí sí que pensé que estaba mal la cosa, si yo apenas puedo cortar un pedazo de carne sin padecer un profundo asco. Si hubiese tenido el estómago, habría estudiado para doctora o como mínimo carnicera… Decidida a salir de aquella oficina y tomar el próximo avión para Puerto Rico, le pregunté antes al doctor: ¿cómo puedo yo ayudarlo? Dr. Levin: “Tendrá que hablar durante toda la cirugía”. Rose Marie: “O Dios. Doctor, va a tener usted que ponerle un tapón en la boca”. Carmen: “Mire doctor, es verdad que yo hablo hasta dormida, pero hablar anestesiada…, todavía no lo he hecho”. Para hacer el cuento menos largo, me van a anestesiar para raparme otra vez el cabello sin mis protestas, destaparme el cráneo y una vez terminada esta fase, como el cerebro no tiene nervios y, a pesar de lo que piense la mayoría no duele pensar, ni mucho menos un escarpelo en el cerebro, me estarán realizando preguntas de todo tipo para asegurarse que no dañan tejido importante en los procesos cognoscitivos. Imagínense al hombre de hojalata del Mago de Oz, pero sin repetir “if I only had a brain”, sino haciendo cálculos matemáticos, deletreando palabras al derecho y al revés y repitiendo “Methodist Presbiterian”. El lunes me hacen un MRI para saber específicamente qué partes del cerebro utilizo cuando realizo diferentes actividades. Van a hacer un mapa de mi cerebro porque aparentemente cada persona usa diferentes partes del cerebro al realizar distintas actividades. Problema, problema: no puedo repetir palabras sin pensar ni hacer cálculos en el vacío, sin imaginar situaciones concretas. Podré ver el mogollón de mi mapa cerebral y el movimiento virtuoso del bisturí para sacar el tejido sin afectar las locas conexiones que mi cerebro ha creado por 46 años. Estaré consciente hasta que me vuelvan a anestesiar para volverme a “engrapar” la cabeza. Es importante que la engrapen bien porque si se les cayera al piso, no quiero que se pongan a repararla. “Methodist Presbitirian” a todos!!!

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