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martes, 21 de julio de 2009

Crónicas de un cerebro enfermo IX.

8 de abril de 2009

Les informo que ya empiezo a aprender cómo evitar el problema de los alborotos en las salas de esperas que les había comentado antes. Hay que ir al médico los lunes entre 11:30 y 1:00, cuando ni el gato Garfield quiere comer lasaňa. Los mismos que mueren por escuchar mañana y tarde telenovelas, confesiones de locos (Laura, Cristina y toda esa laya) y anuncios disparatados de martes a viernes, evitan estar en el hospital a la hora de almuerzo del lunes después de una comilona de fin de semana. Curiosamente, muchos padecen de tumores estomacales o intestinales, no del cerebro, y supongo que estarán evitando enfermarse más con la comida del hospital o perder la hora de almuerzo casera durante la espera. Para mi esto no es un problema: meriendo frutas, agua y yogurt en el hospital (que traigo de casa) y almuerzo en casa a la española, a partir de las 2:30 de la tarde.

Por otro lado, como estos pacientes de los lunes están hambrientos a la hora de almuerzo, apenas ven ni oyen. Por eso, cada vez que alguien prende alguna luz, los pobres creen que se los lleva un ángel al otro mundo. Entonces, aprovecho cuando no está el enfermero o enfermera de turno, prendo una vela blanca con olor a velorio, les cuento que me duele la cabeza con el ruido de la tele y les recuerdo que hay que portarse bien (conmigo, por cierto) para evitar pasarlo mal al cruzar al otro lado. A renglón seguido, hago una votación general y apago yo misma el televisor. Hay que llevar, por cierto, unas cuantas mandarinas o fresas demás por si uno de estos pacientes sufriera un bajón de azúcar. Es necesario evitar a toda costa que aparezcan los enfermeros demasiado rápido. Cuando llegan y preguntan quién ha osado apagar el televisor, habiendo ya comprado el silencio de los hambrientos más desastrados, les contesto haciéndome la boba: como han dicho anteriormente que la mayoría manda, y estos están sufriendo ya demasiado con los ruidos de tripas, por la larga espera y el hambre, decidieron apagarlo democráticamente. Ustedes dos están en minoría.

Eso sí, hay que evitar darle instrucciones a los médicos ni llevarles la contraria porque la venganza llega en el momento menos pensado. Difícil consejo de parte de alguien como yo. Bueno, ya me conocen y sabrán que habré metido la pata más de una vez; carmenritazos, le llamaban Daniel y Leo cada vez que le salía a alguien con alguna impertinencia en el Programa de Honor. Todavía no me he reformado. Bueno, son tantas las veces que mejor les hago un resumen. Tras que en la primera visita le dije al médico que apagaran los televisores porque el ruido da cáncer, en la segunda visita, cuando me dijera que le había llegado una carta del grupo terapéutico de MD Anderson recomendando que se me asignara terapia del habla porque tendía a utilizar circunloquios para encontrar palabras, le dije que de ninguna manera estaría dispuesta a sufrir tal martirio tejano, puertorriqueño o de nacionalidad lingüística alguna. En primer lugar, le expliqué, es cierto que se me han olvidado muchas palabras, pero lo que ellos llaman circunloquios es más bien gastar cinco minutos tratando de explicarles, por ejemplo, que aquella imagen que me mostraban la podía llamar estampilla, como los chilenos y los argentinos de Historias de cronopios y de famas, pero me mortificaba no poder recordar el vocablo que se emplea en PR y España. Los educados terapistas del habla no entendían eso de vocablo, y lo de cronopios o famas debía parecerles delirio postoperatorio. A falta de diccionario, fue una suerte que Rosemarie me recordara después la palabra “sello”. ¿Cómo se puede recibir ayuda de gente que cree que hay una palabrita por cada cosa y que poco les importe Foucault o la conciencia de la arbitrariedad del signo?

Para colmo de males, una terapista del habla quiso probar mi destreza de lectura al otro día de la operación, me entregó tres párrafos sin un solo acento y cuando se los añadí a todas las palabras moribundas y necesitadas de sílabas tónicas apropiadas, debió pensar que estaba garrapateando el papel aquel, circunloquiándolo todo (de loco que circula en este caso). Rosemarie se aprovechó también para decir su impertinencia propia: “usted, señora, tuvo suerte de que ésta no ande trayendo una pluma roja porque hubiese corrido la sangre”. Y esto no para aquí. Evité portarme como mi padre (Narciso Rabell) cuando otro terapista de lo más simpático me dijo que me iba a realizar un examen cognocivo. Les juro que no le dije “se dice cognoscitivo, canto de disparatero. Sus terapias son nocivas para hablantes de cualquier especie”. Aunque la sicóloga de MD Anderson fuera otra majadera que me tuvo 4 horas haciendo ejercicios de lengua, matemáticas y hasta matrices visuales antes y después de la cirugía, me pareció mucho mejor la sugerencia que escribió en su carta: “leer, ver cine, arte, escuchar música y escribir por placer es la mejor forma de recuperar la memoria, las palabras perdidas y evitar el estrés en el momento en que lo más importante es mejorar la salud”.

Sicóloga sí, terapista no y punto, dije al Dr. Pavía. Voy a leer, ver y escuchar todo lo que me importe, circular alrededor de todas las palabras que me vengan en gana, y evitar cualquier noción de que el lenguaje es una línea recta. Por otra parte, Dr. Pavía, ¿cree usted que uno de estos terapistas me pueda ayudar a recordar palabras que nunca conocieron sin meterse a la disparatada Wikipidia? Dos o tres días después de la cirugía, le conté, pasé dos semanas dándole vueltas a un asunto que enseño en mis clases del Renacimiento: la primera poética de la pintura. Ahí donde faltan las palabras, recuerdo las imágenes. Con papel y pluma, dibujé como pude su esquema de la perspectiva lineal, palabras que tampoco podía recordar. Estaba en el hospital, no tenía diccionario, pero Rosemarie me ayudó a recobrar los términos específicos. Después de una semana recordé lo olvidado: Leon Battista Alberti. De haber estado en casa, hubiese releído el libro por placer, sin la angustia de un terapeuta que se creyera que estaba dibujando muchos triangulitos con un solo ápice dentro de un rectángulo y un muñequito afuera, muy mal hecho porque era de puras rayitas sin forma real alguna. No, no y no: no vuelvo a pasar por esto ni aunque me paguen. Estuve a punto de una pataleta. El Dr. Pavía se conmovió, o no quiso escuchar más argumentos y me dijo: “No te preocupes, Carmen, palabras, definitivamente, no te faltan, sigue la recomendación de la sicóloga”. Fue un gran alivio. No quería volver a entrar a otra sala de espera con televisores, radio y esta vez, con el absurdo de que, además, algunos espectadores fueran sordomudos. ¿Cómo iba a apagar el televisor sin evitar una guerra? Después de siete días de quimio, uno no está con fuerza suficiente para jugar a “dígalo con mímicas” o intentar expresar su parecer por medio de movimientos corporales.

Como comienzo mañana con siete días más de quimio, tuve ayer otra consulta con el médico. Tenía que llevarle los resultados del laboratorio. Estoy como coco, y no colgando. Mi cuerpo ha tolerado muy bien las píldoras más caras que he tomado jamás. Al entrar a la oficina, como había practicado mi forma de apagar la tele, entré con mis lentes y libro a cuestas de lo más contenta. Al verme, al doctor se le ocurre preguntar: ¿por qué andas leyendo hoy un libro tan carcomido y amarillento? Pues, porque me dedico a enseñar literatura de autores algo menos viejos que Matusalén, pero bastante añejados, como el buen vino. Además, fuera de ayudarme a recuperar la memoria que necesite cuando vuelva a la universidad, evito contagiarme con las porquerías de novelas y radios que todavía no acaban de sacar de la sala de espera y que hinchan cualquier cerebro que no esté ya totalmente vacío. ¿Cuántos pacientes con tumores en el cerebro tienen ustedes?, le pregunté. A la verdad que muy pocos, me dijo. Como me imaginé que él también me iba a condenar mi condición minoritaria, le advertí que a cada cuál le da el cáncer en lo que más le viene en gana. Se echó a reír, y me dijo que debía hacerme un examen neurológico antes de prescribirme nuevamente la quimio para asegurar que las píldoras no me hubieran afectado tampoco este aspecto. Ya saben de qué va esto: me hizo mover brazos, piernas, quedarme parada con los ojos cerrados y después, otros ejercicios para corroborar que tampoco había sufrido daños neurológicos en la vista. Todo, igual que los laboratorios, iba de lo más bien, hasta que de repente, le digo al médico: ahora sí que está mala la cosa, estoy viendo doble y me están mareando unas burbujitas que dan vuelta como ruleta rusa. El muy sinvergüenza se echa a reír y me dice: te he hecho mirar con ambos ojos en el mismo centro. Ahora que por primera vez me haces caso, te he dejado los ojos cruzados.

Dicen que la venganza es dulce. Por haber reído último, debe haber reído mejor. Ahora que lo pienso, ha sido una soberana cogida de boba porque este joven que asegura ser pariente mío es oncólogo y no neurólogo. Mañana, cuando me toque ver al neurocirujano, les juro que me porto bien. Esto me pasó por hincha pelotas, para usar el lenguaje chileno y también el argentino. Si alguien recuerda la versión puertorra o española, ayúdenme a recuperar las otras palabras que circulan alrededor de mi impertinencia. Eso sí, si en Centro Médico apareciera otro televisor espeluznante, cerraré la bocota, pero conservaré el derecho a enviarle una carta de queja a ANTONIO GARCIA PADILLA, el presidente de la UPR. No hay razón para que un hospital universitario ande deseducando a la población de tal manera.

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